Ajustados, rectos o anchos; de tiro largo, medio o corto... La cosa se pone difícil cuando en una misma tienda se venden al mismo tiempo pantalones de pata ancha pero también acampanados y de estilo flare. La revista Vogue diferencia unos y otros fundamentalmente por el lugar donde comienzan a ensancharse: los acampanados en la rodilla, los flare ligeramente desde la cadera cayendo hacia el pie con una campana menos acusada. La oferta no acaba ahí: también puede llevarse unos cropped (su corte acaba encima del tobillo), oversize...
No ocurre solo con el textil.
La lista podría seguir ampliándose a todo tipo de dispositivos electrónicos cada cual más sofisticado, vehículos, productos alimenticios y otra serie de artículos que queriendo hacerlos más atractivos o más modernos o más ¿?, al final logran el efecto contrario en el consumidor: saturación y confusión. Como aquel café que de tantas variedades que había resultó saber a todo menos a café. O el plato que vertido de mil especias diferentes ni se sabe qué es lo que lleva. O la tortilla de patata que es eso, tortilla de patata como mucho con o sin cebolla, pero ya, no hace falta disfrazarla e inventar mil variedades porque así, tal cual, siendo tortilla de patata está muy rica.
Tal vez esto de innovar hasta saturar o perder la esencia incluso ocurra con las ideas. Como cuando se piensa en un plan, en un viaje o en un lugar. Tantas las opciones y posibilidades, tantos los planes rocambolescos que parecen prometer que el propósito se disipa. Ya no se sabe ni qué se quería en realidad. La enorme variedad y la infinidad de posibilidades simultáneas sobre las que elegir a veces obnubilan, desconciertan, incluso hartan o exasperan, quién sabe.
Porque al final, ni siquiera se encontró lo que en un principio se iba buscando: lo esencial, un vaquero básico y de toda la vida.
¿Cuántas veces se busca lo esencial en el lugar equivocado?
¿O es el lugar el que se ha equivocado por no contemplar lo esencial y básico?