Opinión
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El hecho de distinguir entre "buenos" y "malos", "ellos" y "nosotros" parece que tiene una impronta un tanto tribal y en cierta medida, implican dicotomías reduccionistas. Pero esto puede ser así si no se tiene en cuenta el contexto y el proceso comunicativo al completo. En muchas ocasiones, se descontextualizan las palabras que por sí solas pierden su verdadero significado. No es solo que entre unos y otros conceptos se den matices e influjos, sino que como apunta la catedrática de Lingüística General Victoria Escandell en uno de sus libros (La comunicación. Lengua, congnición y sociedad, 2024), "comprender la comunicación humana es entender cómo se combinan en una geometría sistemática y siempre cambiante, lo individual y lo colectivo, la cognición y la cultura, lo biológico y lo institucional".
Algo así pasa cuando se habla de que un libro es bueno o malo, es preciso considerar multitud de matices. El emisor/a puede estar refiriéndose al argumento, pero también a la forma en que está escrito en cuanto a la falta de ritmo, amenidad o corrección lingüística.
De hecho, no es común que al comprar un libro de un poeta conocido y una editorial también bastante conocida, cada poco aparezcan nombres propios sin mayúscula y otras incorrecciones, pero puede pasar. Pasó. Y fue algo que hizo menos bonito leer la poesía, a pesar de su evocador contenido.
Pero si es cuestión de matizar, es verdad que la lengua es una convención, un acuerdo entre una comunidad de hablantes en un momento dado de la historia, por lo que el uso de mayúscula y minúscula dependerá del idioma en el que hablamos. Por ejemplo, en inglés, los días de la semana y los meses se escriben con inicial mayúscula, no así en español. En el alfabeto hebreo o árabe al parecer, ni siquiera se distingue entre minúsculas y mayúsculas. Además, según la RAE, en la evolución de nuestro idioma, procedente del latín vulgar, la minúscula aparecería mucho después que la mayúscula: "Hasta mediados del siglo II d. C. no hizo su aparición la llamada minúscula cursiva, considerada por algunos autores como una evolución natural de la mayúscula cursiva". La minúscula permitió así escribir con mayor rapidez y fluidez al ir sus trazos ligados. Antes de su existencia, no hubiese tenido cabida la falta ortográfica de escribir nombres propios con minúscula inicial. La comunicación se enmarca en un contexto histórico y cultural sin duda.
Retomando los "libros buenos y malos", también es cierto que en otras ocasiones, puede pasar al contrario. Encontrarse con un libro muy bien escrito, pero cuyo argumento no engancha y cuya lectura se hace tediosa.
Y luego están los buenos libros. Los que cuesta decidir en qué página parar para proseguir en otro momento. Los que combinan forma y contenido. Hay una cita atribuida al poeta noruego Henrik Ibsen (1828-1906)que dice que "la belleza es el acuerdo entre el contenido y la forma".
Algo así de bello ocurrió al terminar prácticamente el libro (ya mencionado en otra ocasión en este blog) de Fracasología (2019) de la filóloga María Elvira Roca Barea, quien recoge al comienzo la cita del periodista y escritor George Orwell (India:1903-1950): "Ver lo que está delante de nuestros ojos exige un esfuerzo permanente".
Y es que matizando un poco, el libro no solo aporta datos e información nueva y desconocida, sino que abre un abanico al pensamiento, motiva a un esfuerzo en la mirada, como dice la cita mentada. Y también supone una invitación a la reflexión sobre cómo se tiende a veces a endiosar lo foráneo y a denostar lo propio por influencia ajena incluso (habla en profundidad de la leyenda negra). Y es obvio que uno no implica lo otro, no es "esto" o "aquello". Tanto lo foráneo y lo autóctono tiene luces y sombras.
Después de todo, los matices son imprescindibles para no dar por bueno lo malo y viceversa.
Aunque un buen libro, siempre será un buen libro, inclúyanlo en el contexto comunicativo que quieran.