El bioquímico Carlos López-Otín presenta su último libro en Oviedo: «La armonía es mi palabra favorita del diccionario»
El científico Carlos López-Otín (Huesca, 1958) regresó a Oviedo ayer para dar una charla en la fábrica de armas de La Vega con motivo de la presentación de su último libro, La eternidad y un día más. La última clase de Sammy Senséi (Paidós, 2026).
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Actualizado el 6.11.26
La fábrica de armas de La Vega, situada a la entrada de la capital asturiana y que en sus orígenes fue un convento, acoge actualmente exposiciones y eventos culturales. En esta ocasión además, la conferencia se enmarcaba dentro de una agenda cultural que busca impulsar la candidatura de Oviedo como Capital Europea de la Cultura 2031 bajo el eslogan “Amabilidá”. Así lo explicaba Rodolfo Sánchez, director de esta candidatura, este pasado miércoles en la presentación del libro de Otín, quien ligaba dicho concepto de “amabilidá” (amabilidad en asturiano) al exposoma del que habla el investigador en su libro. En el glosario que viene al final del mismo, se puede leer que este exposoma hace referencia al “conjunto de factores físicos, químicos, microbianos, nutricionales, sociales, económicos y psicológicos a los que nos vemos expuestos en la vida cotidiana”. Como contrapartida, Otín recoge en su obra el concepto de afectoma para referirse al “conjunto de factores sociales y emocionales que configuran nuestro `exposoma amable´ y protegen, nutren y mejoran nuestra salud física y social”. Afectoma que contribuye al mismo tiempo al equilibrio y a la armonía que con el envejecimiento se van perdiendo, palabra aquella última que, según comentó, es de sus favoritas del diccionario. Tras la presentación de Rodolfo Sánchez, tomó la palabra María Manzaneque, vicepresidenta de la Asociación Nacional de Amputados de España (ANDADE), quien ensalzó la labor del ponente tras cuarenta años impartiendo clases en la Universidad de Oviedo y contribuyendo con su investigación a realizar avances en el terreno del cáncer y otras enfermedades, así como a ahondar en las claves del envejecimiento. Manzaneque, quien se declaraba amiga del investigador, destacaba la ayuda y el acompañamiento que ha brindado Otín a multitud de familias afectadas por la enfermedad, quien además ha escrito, hasta la fecha, cinco libros.
Tras la presentación, a lo largo de algo más de hora y media de charla y ante más de quinientas personas que habían hecho largas colas para entrar (incluso hubo quien se quedó de pie), Otín habló precisamente del afectoma que rodeó al protagonista de su novela: Sammy Basso, a quien renombraría como Sammy Sensei, en alusión a un concepto japonés que refiere a un maestro que además de enseñar técnicas y saberes, fomenta el desarrollo personal, intelectual y moral de los demás. De este modo, fue relatando las experiencias vividas con este niño italiano nacido con una mutación de novo-no detectada antes en su ascendencia- en el material genético de todas sus células-donde el nucleótido citosina se cambia por timina, “una T por una C”-. Su enfermedad, conocida como síndrome de progeria de Hutchinson-Gilford, provoca un envejecimiento muy acelerado, dando lugar a su vez a numerosos problemas de salud. Otín contaba cómo había sido su primer encuentro con Sammy: ocurrió en EE. UU. en una conferencia en la que se presentaban los últimos trabajos en modelos preclínicos de ratones que tenían la misma mutación que da lugar a la progeria. Por aquel entonces, Sammy contaba con "solo" doce años y viviría hasta los veintiocho, superando los pronósticos que él mismo sabía, el día de su primer encuentro con Otín, situaban la esperanza de vida en torno a la edad que tenía en el aquel momento. Desde entonces, su vínculo fue haciéndose más estrecho y fue mucho más que una relación maestro/alumno-llegó a doctorarse, a trabajar en el laboratorio con el propio Otín y su equipo y a hacer contribuciones para el avance de su enfermedad-, cerrando el círculo convirtiéndose poco a poco el alumno en maestro.
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| Fotografía a la derecha de Sammy con una gaita en uno de sus viajes a Asturias |
El discurso de López Otín también estuvo conformado por momentos de su biografía que se intercalaban con el hilo conductor de las experiencias, las conversaciones y, en definitiva, la amistad que tuvo con Sammy. Relataba así sus primeras clases de Biología Molecular con la científica asturiana Margarita Salas (1938-2019) con la que, según contó, aprendió a “describir el pasado pero también a mirar al futuro” y cuya figura no dudó en ensalzar: “Los principios transformantes (de los que Salas hablaba en sus clases en relación a componentes del ADN) son seres humanos capaces de mostrarnos el camino”, apuntaba refiriéndose a la científica. Tampoco se olvidó de mencionar sus raíces, un pequeño pueblo en el Pirineo oscense, Sabiñánigo, donde en la escuela asumió la responsabilidad de abrir la puerta y encender la estufa para caldear la clase. Rememoraba también uno de sus viajes a Bután, “uno de mis países favoritos”, señaló, país que recorrió en una furgoneta azul que aparece en la portada del libro (junto con otros elementos metafóricos que se van desvelando en la obra como la nube y los girasoles). Narró cómo Bután es un lugar en el que la felicidad de sus habitantes proviene principalmente de la prioridad que dan a la educación, a la conservación de la naturaleza, “a las tradiciones y a las sonrisas”.
La palabra educación también tomó protagonismo a lo largo de la charla y apuntaba que “para enseñar tenemos que saber pero para educar hay que ser”. Destacó el vínculo alumnado-profesorado por encima de cualquier artilugio tecnológico y el respeto y la curiosidad como motores del propio proceso educativo. Hizo asimismo una breve referencia a los desavenidos resultados de PISA en nuestro país y recordaba la importancia del compromiso con la educación. De hecho, apuntó dos motivos por los que el ser humano es vulnerable: la entropía (el desorden, el caos) y la ignorancia, teniendo esta última remedio si hay de verdad voluntad para superarla, señalaba. Una ignorancia que requiere asimismo superar el adormecimiento del pensamiento y volver a recuperar la reflexión.
Así, entremezclando historias de su libro en el que también está presente el arte y la música-como el fado Memória de Rosalía y Carminho- con los valores que vertebran una sociedad amable y culta, el simposio llegaba poco a poco a su fin. Concluía que nuestras vidas son imperfectas, pues hay incertidumbre, debilidad, vulnerabilidad (extrema o no), apuntaba, y ante ellas solo queda el rechazo, el disimulo o la aceptación y el afrontamiento. Sammy fue capaz de esto último, pues tal y como Otín contaba, su vida estuvo llena de adversidad extrema desde el mismo momento en que nació y sin embargo, supo disfrutar de tiempo con “plenitud, naturalidad y verdad”, practicando el “arte de conversar” y el “arte de la gratitud” a lo largo de sus casi mil millones de segundos que compusieron su vida. Recordaba en este sentido también, que la muerte forma parte de la biología humana y para que esta exista "hubo que inventarla" y que la búsqueda desenfrenada de la eterna juventud revela un gran desconocimiento de lo que somos. Además, apuntaba la "gran mentira de la invulnerabilidad" que algunos persiguen con vanidad y que quieren vender. Ahora bien, sí mostró su preocupación por avanzar en la ciencia y la investigación para evitar las muertes a destiempo y los errores tecnológicos.
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| Dibujos realizados por niños y niñas de la escuela italiana a la que Sammy asistió tras su fallecimiento |
Los aplausos del público reflejaban también la gratitud y el orgullo
de haber podido asistir a la última clase de Otín en Oviedo, la ciudad y la
tierra a la que este científico ha aportado tanto con su formación, su sabiduría y su calidad humana, haciendo honor al mantra al que, según relataba, ha
dedicado toda su vida: “Conocer para curar”.
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Por su parte, la periodista Cristina Mitre volvía recientemente a poner en marcha su pódcast con una excelente entrevista a Carlos López Otín, en la que hablan largo y tendido de todos estos temas de su libro y que se comparte a continuación:


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